sábado, 18 de febrero de 2012

La reacción a la inmigración: una de las caras (no tan bonitas) de la globalización


Estas noticias del pasado agosto reflejan muy bien otra cara más de la globalización: la inmigración y la reacción a ella. Ambas muestran las dos caras opuestas de la misma moneda, es decir, las reacciones de España ante la oleada de inmigrantes rumanos en busca de trabajo y la reacción del colectivo al saber de la imposición de la necesidad de disponer de un permiso de trabajo previo a la entrada en nuestro país, vigente hasta finales de este año. 

Estos flujos de inmigrantes que recibe nuestro país desde hace unos años, sin embargo, tiene motivaciones muy diferentes a las de los inmigrantes del pasado, tal y como sostiene B. Milanovic. En épocas anteriores, la inmigración se producía por la voluntad de prosperar en otro país (en otras palabras, cambiar el estatus social), puesto que se era pobre por el estrato al que se pertenecía. Actualmente, y cada vez más, la pobreza está relacionada con el país de origen, independientemente de la clase social a la que se pertenezca. En otras palabras, estos inmigrantes no pretenden escalar posiciones respecto a las que tenían en su país de origen, sino mantenerse en la misma en un país más rico, puesto que las rentas que reciban serán mayores (en palabras llanas: un obrero español cobrará más que un obrero rumano y menos que un alemán, por ejemplo).

Hay que ser conscientes, sin embargo, que los flujos migratorios que existen actualmente no tienen punto de comparación con los que se dieron como consecuencia de la (primera) globalización durante la Revolución Industrial, puesto que en ese entonces cambiaron por completo las estructuras sociales que hasta entonces habían existido. En términos comparados, pues, los flujos actuales son menos relevantes que los del pasado. Aún así, éstos no dejan de suscitar reacciones, como la que se aprecia por parte del gobierno español.

La segunda noticia muestra, como os comentábamos, la reacción del colectivo rumano ante esta discriminación. La pregunta que se hacen es bien simple: ¿Por qué ellos necesitan un permiso de trabajo para poder entrar a España y los demás miembros de la CEE no? Es una buena pregunta, la verdad, sobre todo teniendo en cuenta que “con una tasa del 20% de paro España ya no es atractiva para los emigrantes rumanos”. Encontrar una respuesta es complicado, pero todo parece apuntar que volvemos a lo mismo que planteábamos en una entrada anterior: recibir a un rumano es “peor” que recibir a un inglés. Así, por norma general, independientemente de su formación o sus capacidades. ¿Es justo? No, pero es la realidad.

Esto nos hace entrar en el ya debatido tema del racismo y etnocentrismo presentes en Europa y cómo estos se ven acrecentados por los flujos migratorios derivados de la globalización. Así, los “PIGS” son vistos por los ingleses, alemanes y franceses como “países de segunda categoría”, igual que Rumania, Bulgaria y los demás países del este son percibidos del mismo modo por nosotros. 



jueves, 16 de febrero de 2012

Capitalismo estatal y el fin del Estado-nación.

Se ha podido oír en muchas ocasiones que a partir de esta reciente etapa del proceso de globalización y liberalización del comercio internacional materializado con los acuerdos del GATT y luego la OMC, las relaciones internacionales iban a estar marcadas en lo económico por las empresas privadas y que el rol del Estado en el comercio iba a ser mínimo. Si bien eso en términos generales es cierto, ya que el impacto de las empresas en las relaciones internacionales ha ido a más y el Estado se encuentra algo desubicado en la esfera internacional con la aparición de no sólo empresas sino otros actores relevantes, un fenómeno interesante a observar para matizar la profundidad de este supuesto proceso de erosión del Estado por parte de las multinacionales son las empresas controladas por estados, es decir, empresas en las que un porcentaje importante de las acciones son propiedad de un Estado (a partir del 10% de las acciones se considera que una empresa está controlada por el Estado). 

Hace un par de semanas, The Economist publicó un special report titulado state capitalism, en el que se analizaba la presencia de algunos estados en grandes empresas. El artículo es muy crítico con lo que llama el capitalismo de estado, considera que conlleva en ciertos casos corrupción, va en contra del libre comercio y que es incapaz de adaptarse al entorno debido a que estas empresas no están sujetas a la selección darwiniana de “los mejores” sino que seria el Estado el que “elige a los ganadores” y favorece a las empresas en las que opera en detrimento de las otras. Independientemente de estas apreciaciones lo que nos interesa aquí es aportar algunos datos sobre el fenómeno y apreciar de forma superficial no tanto su impacto sobre la eficiencia, sino su impacto sobre el supuesto de un Estado desplazado por las empresas privadas en el orden internacional.
El mejor ejemplo es el estado chino, que controla el 80% de las empresas que cotizan en el país. En Rusia este porcentaje es un 62% y en Brasil un 38%. Además, de entre las 10 mayores empresas del mundo por ingresos, cuatro están controladas por Estados, 3 son chinas y una japonesa.  Otro dato interesante al respecto es que de entre las 15 mayores OPV’s desde 2005, 8 son empresas controladas por estados.
El sector en el que mas peso tienen los estados en los países emergentes son el energético, las infraestructuras, telecomunicaciones y finanzas.

Además, la enorme mayoría de reservas de gas y petróleo conocidas pertenecen a empresas controladas por Estados. Este interés por el sector energético es comprensible si nos fijamos en las proyecciones de demanda energética de los países emergentes que van al alza, mientras que las de Europa y EEUU parece que se mantendrán constantes.



Otro instrumento del que se han dotado algunos estados son los fondos soberanos, que pueden buscar eminentemente inversiones rentables, como el chino que es de casi 1,2 trillones de usd, o promover el desarrollo económico del país como el de Abu Dabi que casi alcanza los 0,8 trillones. Cabe mencionar al respecto que Francia ha creado un fondo soberano con la intención de, según su presidente, “proteger las empresas de depredadores externos”.
Con todo esto, no se puede decir que se haya dado una tendencia a un mayor control de estos estados sobre sus empresas, sino todo lo contrario, puesto que de hecho antes del colapso de la URSS y de la transformación de China liderada por Deng Xiaoping, el control del Estado sobre las empresas nacionales era prácticamente total. Lo que ha sucedido es que lo que se veía como una tendencia imparable a un dominio casi absoluto del sector privado en el comercio internacional, no ha sido tal.

El proceso de catching up llevado a cabo por estos países emergentes acarrea consigo que el impacto en términos relativos de estas economías sobre el PIB mundial y el comercio internacional sea mucho mayor, y por lo tanto la erosión del modelo liberal que se presumía iba a ser el paradigma dominante, es mayor.

La cuestión es si este fenómeno, el del capitalismo de estado, se debe considerar como una anomalía destinada a desaparecer, como un síntoma de cambio, o como la prueba de que el modelo neoliberal no es el único modelo. Nos decantamos por la última opción. Puede que con la caída del muro y las reformas de Xiaoping no se convirtiera el modelo neoliberal en un modelo incontestable y irrenunciable, sino que diera lugar un tercer modelo, que parece contradecir el argumento de que el Estado-nación ha sido desplazado.

domingo, 12 de febrero de 2012

La (nueva) globalización

El fenómeno de la globalización ha suscitado en los últimos años un frenético debate en el que múltiples cuestiones se ponen en duda. Aspectos como su origen o su propia existencia son recurrentes cuando se trata de analizarlo.

Hay quien afirma que la primera globalización se remonta a la época de esplendor del Imperio Romano. Aunque podría recriminarse su carácter regional (Europa y centro-Asia) lo cierto es que hubo una gran difusión cultural, tanto a nivel de creencias como lingüístico (latín), que penetró significativamente en los pueblos del imperio. Si a esto le sumamos, además, los grandes flujos comerciales existentes en el Imperio, observaremos que la idea no va tan desencaminada. Al fin y al cabo, fue una transformación en toda regla. Por otro lado, también existe la creencia de que la globalización nace con el descubrimiento de América (1492). Los valores de occidente se exportaron al Nuevo Mundo y se intensificaron los intercambios comerciales que permitieron el enriquecimiento europeo. De tal calibre fue la intensificación comercial a nivel internacional que, en términos relativos, fue mayor que la globalización actual. Por último, no podemos dejar de mencionar a aquellos que, basándose en términos absolutos, afirman que la globalización es un fenómeno reciente y sin precedentes.

Es cierto que nunca había tenido lugar unos flujos migratorios y comerciales vivimos hoy en día (en términos absolutos), tanto es así que se ha dado paso a un Nuevo Orden Mundial en el que ya no tiene cabida la división Norte-Sur. Pero aunque ya no se conciba el mundo como una relación de poder entre los dos hemisferios (norte ricos y sur pobres) sigue habiendo perdedores y ganadores. Las empresas (la mayoría occidentales) y el mercado son ahora las que guían al rebaño, preocupándose por el bienestar de las ovejas más grandes y fuertes en detrimento de aquellas que, más débiles, se quedan a mitad del camino. Así pues, los pastores, los únicos que podían proteger a cada una de las ovejas por separado (los gobiernos estatales), quedan relegados a un segundo plano sin posibilidad de hacer nada para acelerar su marcha.

A través de esta metáfora vislumbramos el problema de fondo que radica de la globalización y que no ha dejado indiferente a nadie: la desigualdad a nivel mundial va creciendo a un ritmo estrepitoso. Grandes marcas multinacionales utilizan la mano de obra barata existente en algunos estados y aprovechan para enriquecerse sin preocuparse de los efectos negativos que esto supone para ese país. De esta manera, esta costumbre va haciéndose cada vez más grande y, como una bola de nieve, va integrando cada vez más y más estados. No obstante, se debe tener en cuenta que la globalización es multidimensional pero  no es ni lineal ni uniforme, y que por lo tanto no afecta igual ni al mismo tiempo a las diferentes regiones, ni países, ni dimensiones.

También queremos poner de manifiesto el carácter occidentalizador de este nuevo proceso, que se mueve desde el plano económico hasta el institucional y cultural. En términos económicos, el capitalismo y la ideología neoliberal están a la orden del día y aquellos que no son afines a su decálogo son persuadidos para jugar y, si se niegan, son marginados y condenados a la pobreza. Tal es el efecto de “remolque” de los países occidentales que se han llegado a formular las teorías de la McDonalización y de la Ikeización. La primera establece que en aquellos países donde hay un McDonalds no ha habito un conflicto directo con otro estado desde que éste está ahí  (tienen a EEUU como garante) y el segundo, lo mismo, pero con el establecimiento de Ikea (normalmente en países afines a los nórdicos, pacíficos).

En la dimensión institucional es donde podemos denotar el etnocentrismo occidental, ya que, en vista de la democracia como mejor sistema político, se quiere imponer en el resto de países al precio que sea y sin tener en cuenta su contexto (véase el ejemplo de la Guerra de Irak).

Por lo que respecta a la dimensión cultural, incialmente puede parecer que se trata, efectivamente, del plano donde globalización es sinónimo de occidentalización, puesto que la cultura europea y especialmente la americana se han extendido a prácticamente todo el mundo a través de ciertos hábitos, celebraciones e iconos (desde Madonna hasta el fast food o el Santa Claus vestido de rojo), entre muchas otras cosas.

Sin embargo, no hay que perder de vista el hecho de que la cultura occidental se caracteriza por un etnocentrismo y un relativismo cultural muy marcados (es decir, que evaluamos las acciones, tradiciones y costumbres de otras culturas partiendo del axioma de que nuestra cultura es “superior”, “mejor” o “más correcta” que las demás, y por lo tanto las evaluamos según nuestros patrones). Esto podría llegar a plantear una seria duda de si la globalización cultural es efectivamente una occidentalización del mundo o bien se trataría de algo “multidireccional” (más bien entre una fusión entre oriente, occidente, norte y sur) si los países occidentales se desprendieran de la “coraza” (llámese relativismo cultural, etnocentrismo, ser “cerrados de mente” o lo que se prefiera) que les impide en cierto modo darles una oportunidad a las cosas nuevas.

Por otra parte, parece que progresivamente los occidentales nos estamos “abriendo” a las demás culturas (eso sí, muy lentamente y parece ser que por querer buscar algo más exótico, más que nada), lo cual parece ser un paso en la buena dirección, pero sigue sin dejar de ser curioso como jerarquizamos de algún modo las culturas, dejando paso al manga, el sushi y el budismo pero ignorando por completo (aún) las culturas africanas, por ejemplo.

Este etnocentrismo tan occidental, tan nuestro, es el que facilita la creación y el mantenimiento de estereotipos de otras culturas. Además, se podría decir que más que estereotipos podríamos estar hablando de prejuicios puros y duros, ya que a nadie parece destacar lo trabajadores que parecen ser los japoneses, pero sí lo “frikis” que “son”. Estos prejuicios, a su vez, alimentan este etnocentrismo, entrando en un círculo vicioso que acaba por hacer creer a los occidentales que somos los “salvadores del mundo”.

En próximas entradas profundizaremos más en esta cuestión, así como sobre los flujos migratorios derivados de ella (y, cómo no, como afectan a la economía), sin dejar de lado cuestiones relacionadas con los países emergentes.

domingo, 5 de febrero de 2012

Laborismo británico


La Tercera via, diari Avui, 13 Maig del 1998. Anthony Giddens
Blair agita el Estado de bienestarEl PAÍS, 14 febrer 1999, Joaquín Estefanía
Ambos artículos coinciden en la idea, que Tony Blair, primer ministro británico en aquella época, con la idea de la tercera vía quería crear un consenso internacional entre las fuerzas del centroizquierda, ya que el partido laborista no le ha quedado más remedio que emprender una camino con tendencia hacia el centro, por motivos que se verán más adelante. 
En el primero de los escritos, por Anthony Giddens, compara la tercera vía con dos ideologías rivales a esta, como son la socialdemocracia (la veja izquierda) basada en la política de clases de la izquierda, vieja economía mixta, corporativismo como política de Estado, ya que este domina la sociedad civil, y estado de bienestar fuerte, y el neoliberalismo (la nueva derecha) basada en la política de clases de derecha, fundamentalismo de mercado. Estado mínimo y nación conservadora. Estado de bienestar mínimo. 
Por otro lado el segundo artículo, hace hincapié en la nueva forma de estado de bienestar pretendido por Tony Blair, el cual se basaba en endurecimiento de las condiciones para acceder a subsidios y obligatoriedad de entrevistas periódicas de todos los ciudadanos que reciben ayudas del Estado. Estas cambios están basados en los siguientes principios: si se puede trabajar, se debe trabajar, los que no sean honrados no recibirán ayudas, si se trabaja duro para sacar adelante la familia, el gobierno garantiza que no vivirá en la pobreza, si no se puede trabajar se conseguirá la seguridad que se necesita.
En relación con el tema tratado en el pasado seminario, esta tendencia del partido laborista hacia el centro se fundamenta con la tercera vía que propone un nuevo equilibrio entre crecimiento económico y reparto social, además deja de ser estatista, es decir todo lo que pueda hacer la sociedad no lo tendrá que hacer el estado. Está movilidad hacia el centro además también se hizo de forma estratégica para captar votos ya que la izquierda se había quedado atrás.

martes, 31 de enero de 2012

La desindustrialización de Thatcher y el giro del Labour

Siguiendo la línea de nuestra entrada sobre el Partido Laborista, hoy hablaremos de por qué éste se desvinculó de los sindicatos en la década de los noventa. Dos son las razones que lo llevaron a romper con esa íntima relación: En primer lugar, como ya os comentamos, existía la voluntad por parte del partido de unir todas las fuerzas de izquierda y ocupar el espacio del centro entre thories y whigs. Pero la razón más importante fue, en realidad, la pérdida de poder de los sindicatos a causa de la desindustrialización de Reino Unido promovida por Margaret Thatcher.

Margareth Thatcher fue la Primera Ministra del Reino Unido desde 1979 hasta 1990 (cuando perdió contra el laborista Tony Blair). Esta importante figura política dio lugar a lo que se llamará más adelante thatcherismo, es decir, una visión política basada en un liberalismo económico, un conservadurismo moral, una autoridad firme, el patriotismo y el atlantismo (como política exterior) (VIDAL, Cesar: 2007).

Las políticas iniciadas por la Primera Ministra en los años ochenta y principios de los noventa estaban enfocadas, precisamente, a reducir su influencia en todos los sectores de la economía y tuvieron como resultado la convocatoria de numerosas huelgas y disturbios. En respuesta, Thatcher siguió con políticas no intervencionistas aún más agresivas como la privatización del monopolio estatal de los astilleros británicos y se negó a mantener negociaciones con ellos.  Con esta línea, Thatcher aprovechó para restaurar la ley y el orden en el Reino Unido y aprobó una serie de medidas que permitieron a los cuerpos de seguridad del estado ejercer su poder más fácilmente. Gamble afirma que la labor de la policía adquirió un tono más represivo conforme se ponía el estigma de “los enemigo de dentro” a aquellos que se oponían al gobierno thatcherista (FERNÁNDEZ, José Francisco, 1999). Así pues se acusó en numerosas ocasiones a la líder conservadora de tener tintes autoritarios.

¿Cómo consiguió Thatcher llevar a cabo esas políticas y mantenerse en el poder dado el malestar social generado? La respuesta está en las Malvinas.

Antes de nada, hagamos memoria sobre sus ideas en la política exterior. Ésta estaba conformada sobre dos ejes principales: la expansión del liberalismo económico y el patriotismo británico.  Debido al primero de ellos, Thatcher confabuló durante ese periodo con Estados Unidos y Canadá. Tanto Reagan, Presidente de los Estados Unidos y su más fiel aliado, por aquel entonces, como Mulroney, Presidente de Canadá, eran de la misma cuerda ideológica que la Primera Ministra. Así pues, su estrategia y objetivo principal consistía en expandir el liberalismo al resto de países y así hacerse con la hegemonía económica mundial. Además, Margareth Thatcher siempre tuvo una visión muy crítica sobre la Unión Europea ya que, en su opinión, querían imponer a los británicos un “super estado europeo” que dominaría desde Bruselas y haría peligrar su soberanía. El segundo eje en el que basaba su política exterior, la exaltación de la patria, fue, como hemos comentado antes, uno de los puntos clave para el éxito y el mantenimiento del gobierno de Thatcher. Esto fue así ya que al encontrarse en una época de crisis económica y ante la implantación de unas severas medidas liberales su popularidad cayó en picado y no dudó en hacer uso de un discurso nostálgico para que población inglesa se viera reflejada y recordara el gran imperio que fueron y que podían ser. Este discurso le fue útil, durante  el percance de la Guerra de las Malvinas que nos atañe a continuación.

En 1982, cuando el gobierno de Thatcher ostentaba un nivel de impopularidad prácticamente insostenible, Argentina decidió invadir las islas reclamando su soberanía. En respuesta, la Primera Ministra envió una flota para contraatacar y expulsar a los argentinos. En cuestión de poco más de tres meses (de abril a junio), las fuerzas británicas ya habían reconquistado el archipiélago y se habían cesado las hostilidades, aunque Argentina no llegó a renunciar a la su supuesto derecho de soberanía. Fue gracias a esta guerra que el gobierno Thatcher pasó de ser odiado a amado en un alarde de patriotismo que le dio el tiempo necesario para seguir con sus políticas conservadoras.

Así pues, hay que considerar la posibilidad de que el Partido Laborista diera tal giro ideológico no como el resultado de la evolución de sus ideas derivado de su naturaleza negociadora y pragmática, sino más bien como un giro forzoso ante la perspectiva de una importante pérdida de poder estratégico si se continuaba vinculando a unos actores sociales que estaban de capa caída como eran los sindicatos.

Este episodio de la historia de Reino Unido vuelve a estar de actualidad con el estreno de la película La dama de hierro, protagonizada por Maryl Streep interpretando a una Primera Ministra ya viuda que rememora su pasado desde los inicios de su carrera política. De más está decir que la versión hollywoodiense de la historia deja de lado toda posible controversia política y se adentra en el retrato de “la mujer en un mundo de hombres”, más allá de “la política”.

Además, recientemente las relaciones entre Argentina y Reino Unido se han caldeado ante la insistencia de Argentina de seguir reclamando, treinta años después, la soberanía de las islas hasta el punto de intensificar sus reclamaciones en foros internacionales y bloquear la entrada de barcos con la bandera de las islas en todos los puertos de los países del Mercosur (Argentina, Brasil, Uruguay y Paraguay).  




Fuentes:

FERNÁNDEZ, José Francisco. El Thatcherismo. Historia y análisis de una época. Universidad de Almería. Almería, 1999.

CRESPO, Alfredo. Margaret Thatcher: un liderazgo para recordar. Grupo de Estudios Estratégicos GEES. Análisis nº 7370. 2009.

domingo, 29 de enero de 2012

Labour Party: el reflejo de una sociedad

En el año 1864 se fundó la Asociación Internacional de Trabajadores para materializar la comunión de intereses de los obreros socialistas (y anarquistas) de diferentes países europeos. Todos los participantes compartían una desconfianza entorno al capitalismo emergente y reivindicaban derechos para el proletariado en este nuevo modelo de sociedad. Sin embargo, aunque la lucha obrera tuvo sus orígenes en la Gran Bretaña industrial, los sindicalistas británicos quisieron participar en ella a su manera. Así pues, no es de extrañar que de todos los partidos socialistas en Europa se observe uno con unas características peculiares: el Partido Laborista (Labour Party).

A diferencia del resto de partidos obreros europeos, el Partido Laborista (PL) se definió como socialista renunciando al socialismo marxista, contrariamente al resto de partidos. Además, otro rasgo diferenciador de este partido es que no surge en clandestinidad sino que su contexto democrático le permite nacer de manera legal. Como el Partido Laborista no fue reprimido ni perseguido como pasaba en otros países europeos, sino que desde sus inicios debió lidiar con otros grupos ideológicos, han hecho que el PL posea un fuerte carácter negociador y pragmático.

Esta línea sindicalista del Labour Party se debe a la importancia de las Trade Unions (asociaciones de trabajadores asalariados)  en su composición y, por lo tanto, a su cercanía con los sindicatos, sobre todo con los mineros e industriales. Tan fuertes eran los lazos con las organizaciones sindicales que durante mucho tiempo existió la doble militancia entre éstos y el partido político.

Durante el siglo XX el Partido Laborista padeció una evolución ideológica importante y se alejó de las posiciones socialistas extremas, estableciéndose más en el centro del plano ideológico para poder agrupar a las diferentes fuerzas de izquierda. Su culminación ideológica tuvo lugar en los años 90, cuando se encontraba en su punto más crítico, pues la desindustrialización del Reino Unido debilitó al poder sindical, es decir, a su mayor pilar. Ante esta situación, en 1994 se decidió optar por la “3ª Vía” de Giddens, o sea, se renunció a la idea de la nacionalización de los medios de producción y, por consiguiente, se rompió con los sindicatos.

Este último punto de adoptar la Tercera Vía ha sido foco de diversos debates ya que se ha alejado tanto del “socialismo clásico” que muchos se preguntan si realmente puede seguir catalogándose como tal. Está claro que todas las ideologías evolucionan y deben adaptarse al contexto de su tiempo pero ¿este paso ha sido parte de una evolución o ha dado pie a una nueva ideología? Muchos han sido lo que han dado la espalda a esta nueva idea al considerar que es fruto de los intereses electorales del partido laborista británico y no de la necesaria evolución del socialismo. También, la adopción de esta nueva corriente,  ha suscitado otros debates más profundos. Un ejemplo de ello, sería la discusión sobre la fragmentación de la izquierda en muchos países y si sería mejor aglutinar a todos los partidos de izquierdas en un mismo partido que tuviera más competitividad electoral o si establecer unos “mínimos ideológicos” al agruparse todos ellos, estarían renunciando a sus valores ideológicos más profundos.

Lo que está claro es que esta táctica de aglutinamiento, al Partido Laborista le ha funcionado; sin embargo, deberíamos reflexionar y valorar si realmente sigue siendo socialista.




viernes, 27 de enero de 2012

¿Cuantos más mejor?

Conocer la fórmula mágica para un crecimiento económico sostenible es una tarea que ha ocupado a muchos académicos, y el debate sobre la recuperación económica y la creación de empleo está muy presente en los medios y en la calle.

No nos ocuparemos aquí de proponer cambios para conseguir tasas de crecimiento positivas, hablaremos brevemente de cuáles fueron los factores que pudieron hacer que se diera el pistoletazo de salida a la Revolución Industrial, sin la cual no podríamos estar hablando de un crecimiento del -1,7% del PIB (como el que el FMI ha pronosticado para España este año) como algo dramático, o incluso de una desaceleración en el crecimiento como algo muy preocupante. Y es que ciertamente, si bien la Revolución Industrial no llevó consigo enormes tasas de crecimiento sino más bien moderadas desde la visión actual, y fuera un fenómeno localizado geográficamente y no tan rápido como se suele creer, podemos afirmar que conociendo los elementos que ayudan a explicar éste fenómeno crucial, conoceremos un poco más algunos de los factores que pueden incidir en la prosperidad económica y el crecimiento y como estos factores juegan entre sí.

Se ha apuntado a una diversidad de factores para explicar la Revolución Industrial. Robert Allen señala al carbón barato y los salarios altos en Inglaterra como los principales factores a tener en cuenta para entender porque fue allí donde se inició. Respecto al carbón barato eso redundó en menores costes de producción puesto que el carbón era la principal energía, y en relación a los salarios bajos, habrían incentivado a los empresarios a invertir en tecnología en lugar de contratar empleados.

Por otro lado K. Pomeranz, nos habla de las colonias como un factor decisivo para “romper” el techo ecológico  al permitir la entrada de materias primas, que junto a las reservas de carbón disponibles lanzaron a parte de Europa y especialmente Inglaterra a una Revolución Industrial, que si bien no implicó un crecimiento exagerado sí comporto un crecimiento sostenido en el tiempo.  

Esta ruptura del techo ecológico y este crecimiento sostenido en el tiempo debido a un incremento de la productividad provocado por el descubrimiento e inversión en nuevas tecnologías contradicen la idea malthusiana de que la población estaba destinada a la extinción y a la pobreza. Malthus consideraba que la población crecía de forma exponencial, lo cual es cierto (aunque eso no quiere decir que crezca necesariamente), pero por otro lado, decía que los recursos, concretamente alimentarios lo hacían de forma lineal, y que los rendimientos marginales del trabajo eran siempre decrecientes. Las mejoras tecnológicas y los enormes terrenos cultivables del continente americano contradijeron el determinismo malthusiano.

Pese a todo lo expuesto, todavía podríamos preguntarnos, ¿Por qué Inglaterra y no China, India o Japón? Esa es la pregunta que se hizo Clark, el cual afirma que la diferencia de Inglaterra pre-industrial respecto de China Japón e India en el mismo periodo era más bien pequeña en términos de tierra, trabajo y mercados de capital. Habría sido para él la diferencia en las tasas de crecimiento de la población (mayores en los países asiáticos) y la mayor ventaja reproductiva de los ricos en Inglaterra lo que habría provocado una ventaja cultural i una difusión de los valores vinculados a la idea del éxito económico como algo deseable.



Rescatando lo ya dicho sobre Malthus y el crecimiento exponencial de la población cabe recordar la importancia que tiene sobre el ratio recursos población, o en otras palabras, a cuanto toca por cabeza y cuanto crecimiento económico es necesario para mantener este ratio dado un crecimiento poblacional determinado. Recordemos la fábula del rey Shirham, que aburrido como estaba, convocó un concurso en el que la gente debería presentar un juego para matar su aburrimiento. Un matemático inventó para él el juego del ajedrez con lo que se ganó el favor del rey y éste le dijo que pidiera lo que quisiera para devolverle el favor. El matemático le dijo que quería que le diera tanto trigo como resultara de poner un grano en la primera casilla del tablero, dos en la segunda, cuatro en la tercera y así multiplicando por dos el número de granos de cada casilla nueva. El rey se rió y aceptó, pero cuando empezaron a hacer cuentas la cantidad de granos de trigo resultante era mayor a la producción de su reino, puesto que el número de granos era 2 elevado a 63, o unos 9 trillones de granos de trigo, lo que borró la sonrisa de la cara del rey.

Esta conocida fábula lo que nos hace preguntarnos es, ¿Por cuánto tiempo es sostenible una tasa de crecimiento como la actual? Dependerá en principio del crecimiento económico, es decir los hallazgos técnicos que nos alejen de los rendimientos marginales decrecientes del trabajo, permitiendo un crecimiento exponencial de la producción. Es decir, el crecimiento poblacional, para ser sostenible debería ir a la par con el crecimiento económico, aunque la cosa se complica cuando se trata de pronosticar la posibilidad del descubrimiento de nuevas fuentes de energía mucho más baratas, o los simples hallazgos de nuevas reservas de combustibles fósiles.